Efectos secundarios del terrorismo islamista: el desenfreno del prejuicio

Reflexión de María Ángeles Corpas sobre el prejuicio y el terrorismo islamista en Aleteia.

https://es.aleteia.org/2017/03/30/efectos-secundarios-del-terrorismo-islamista-el-desenfreno-del-prejuicio/

Efectos secundarios del terrorismo islamista: el desenfreno del prejuicio

Últimamante han surgido varios ejemplos que nos muestran cómo retroalimentar el prejuicio o, por el contrario, como luchar contra él

El 22-M ha reactivado el miedo. Las preguntas sin respuesta. El dolor y la indignación. Junto a ello, la onda expansiva ha multiplicado los discursos violentos y las ideologías salvíficas que pretenden erradicar la mayor “lacra” de la civilización contemporánea occidental: los musulmanes y su impermeabilidad al “progreso”, tal y como lo entiende la civilización contemporánea.

Islam, peligro. Violencia desmedida. Terrorismo, guerra abierta. Horror, invasión. Civilización, barbarie. Convivencia, intolerancia. Democracia, condena. Integración, gueto. Religión, política. Diálogo, amenaza. Información, opinión. Nosotros, ellos.

Junto a esta violencia terrorista hay un proceso de fondo que nos alcanza de modo cotidiano, que nos cala lentamente y prefigura nuestra mentalidad colectiva. Una tendencia que llega a oscurecer la sola posibilidad de usar nuestro razonamiento para distinguir lo genuino de lo falso. Me refiero al desenfreno del prejuicio.

El alcance real y el sufrimiento causado por la violencia terrorista –porque es eso en primera instancia- se ha convertido en un desafío para la seguridad mundial. Su modus operandi la hace casi imposible de controlar. Los asesinos son amenazas en constante movimiento que multiplican exponencialmente sus posibilidades de éxito. Reclutados y adoctrinados en nombre de un Islam justiciero, en células o aisladamente, permanecen infiltrados hasta el momento preciso.

En pleno corazón de la sociedad multicultural de Londres, ejemplo de civilización democrática, Khalid Masood (Adrian Elms) embistió su coche contra la valla del Parlamento y apuñaló a un policía. Había nacido en Kent. Era profesor de inglés. Tenía antecedentes y se convirtió al Islam en la cárcel, adoctrinado por un grupo de presos extremistas. “Religioso”, “amable”, “taciturno” y “corpulento”, el Estado islámico prefirió llamarlo “soldado del califato”.

Plantear una reflexión sobre estos acontecimientos en un contexto de plena efervescencia de noticias no es tarea sencilla. Mezclándose con la vorágine informativa, se han multiplicado las informaciones falsas que convierten el dolor en espectáculo, alimentan la espiral de la violencia y nos alejan de la realidad.

Ofrecen una salida y una justificación a nuestro dolor, nuestra indignación y la necesidad de reparación. Apuntalan explicaciones simples y cerradas ante hechos complejos. El prejuicio solidifica nuestra visión del mundo. Construye preguntas con respuestas que a menudo no necesitan ser ciertas. Pero es eficaz. Han surgido varios ejemplos que nos muestran cómo retroalimentar el prejuicio o, por el contrario, como luchar contra él.

En el primer caso, encontramos la difusión en redes sociales un vídeo sobre una supuesta agresión de un musulmán a un médico en el centro de salud. El comentario subrayaba; “musulmán dando las gracias por su acogida en Europa en un centro de salud español (…) nos van a comer con patatas”. En realidad, los hechos ocurrían en Rusia y por un hombre ebrio. La naturaleza de este acto es doblemente inmoral. No sólo por faltar a la verdad. Sino por atizar el dolor generado tras los atentados con el miedo a una “invasión” islámica, provocando alarma social y alimentar la espiral de odio.

El segundo caso viene representado por dos noticias.  El caso de Heraa Hashmi, joven estudiante musulmana de origen estadounidense en la Universidad de Colorado, que afrontó el reto de desmontar el argumento “todos los musulmanes no son terroristas, pero no luchan eficientemente contra el terrorismo, luego están de acuerdo”. Su clase de historia sobre las Cruzadas, se había convertido en pocos minutos en un juicio directo hacia ella y los musulmanes.

La joven decidió romper el círculo del prejuicio y la violencia en el ámbito que a ella le competía hacerlo. Elaboró una lista de más de 700 páginas de Google donde se recogían denuncias de musulmanes condenando el terrorismo desde el 11-S. Este mensaje fue compartido 15.000 veces. Añadió que nunca entendió que organizaciones violentas que dicen defender el cristianismo en Estados Unidos (KKK, Westboro Baptisst Church o Lord’s Resistance Army) representaran a la Cristiandad. Fruto de este esfuerzo nació la web muslimscondemn.com

Pocos días después del atentado, la imagen de decenas de mujeres musulmanas, formaban una cadena alrededor del puente de Westminster para recordar a las víctimas del atentado del 22-M. Mujeres fotografiadas, ataviadas muchas con hijab, que se sienten parte de la sociedad en que viven.

Los gestos, individuales o públicos, por sí mismos no son soluciones. Pero son signos que nos advierten de que no debemos escudarnos en argumentos cerrados. La violencia terrorista se ha convertido en una lacra internacional difícil de atajar. Un problema geopolítico estructural, con profundas raíces económicas y delictivas.

No se lucha contra un grupo religioso, “sin civilizar”, anclado en el medievo. No. Se lucha contra la imposición del terror, las mafias organizadas (droga, prostitución, armas) y el ciberterrorismo. Grupos de poder que utilizan la identidad religiosa como el más poderoso ingrediente identitario que se posee para movilizar al ser humano.   

En Aleteia Islam somos conscientes de algo: “Llevamos este tesoro en vasijas de barro (…) acosados por todas partes, pero no angustiados; desorientados, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados” (Cor 2, 4-7). Pero este nuevo episodio de terrorismo en el seno de una sociedad multicultural, occidental y democrática no nos hará renunciar a seguir ofreciendo elementos que nos permitan superar el círculo de la tristeza. Sentimientos conectados con la inutilidad y la frustración. Que nos roban la capacidad de estar atentos a todo lo que hay en el trasfondo de los hechos. A tirar la toalla y dejarnos llevar por el círculo de la culpa y el prejuicio.

 

REFERENCIAS: 

EL PAÍS (ed.), “La verdad detrás del bulo sobre la agresión de un musulmán en un centro médico”, 28/03/2017: http://elpais.com/elpais/2017/03/27/hechos/1490618106_370724.html

MANDHAWI, A., “The 712-page Google doc that proves Muslims do condemn terrorism”, The Guardian, 26/03/2017: https://www.theguardian.com/world/shortcuts/2017/mar/26/muslims-condemn-terrorism-stats

MILLS, J.; “Women formed a human chain along Westminster Bridge tonight to remember the victims of the attack on March 22”, 26/03/2917, en http://metro.co.uk/2017/03/26/women-gather-on-westminster-bridge-to-condemn-abhorrent-attack-6535415/#ixzz4cgyqzLLM

Efectos secundarios del terrorismo islamista: el desenfreno del prejuicio

AFP PHOTO / OLI SCARFF
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Últimamante han surgido varios ejemplos que nos muestran cómo retroalimentar el prejuicio o, por el contrario, como luchar contra él

El 22-M ha reactivado el miedo. Las preguntas sin respuesta. El dolor y la indignación. Junto a ello, la onda expansiva ha multiplicado los discursos violentos y las ideologías salvíficas que pretenden erradicar la mayor “lacra” de la civilización contemporánea occidental: los musulmanes y su impermeabilidad al “progreso”, tal y como lo entiende la civilización contemporánea.

Islam, peligro. Violencia desmedida. Terrorismo, guerra abierta. Horror, invasión. Civilización, barbarie. Convivencia, intolerancia. Democracia, condena. Integración, gueto. Religión, política. Diálogo, amenaza. Información, opinión. Nosotros, ellos.

Junto a esta violencia terrorista hay un proceso de fondo que nos alcanza de modo cotidiano, que nos cala lentamente y prefigura nuestra mentalidad colectiva. Una tendencia que llega a oscurecer la sola posibilidad de usar nuestro razonamiento para distinguir lo genuino de lo falso. Me refiero al desenfreno del prejuicio.

El alcance real y el sufrimiento causado por la violencia terrorista –porque es eso en primera instancia- se ha convertido en un desafío para la seguridad mundial. Su modus operandi la hace casi imposible de controlar. Los asesinos son amenazas en constante movimiento que multiplican exponencialmente sus posibilidades de éxito. Reclutados y adoctrinados en nombre de un Islam justiciero, en células o aisladamente, permanecen infiltrados hasta el momento preciso.

En pleno corazón de la sociedad multicultural de Londres, ejemplo de civilización democrática, Khalid Masood (Adrian Elms) embistió su coche contra la valla del Parlamento y apuñaló a un policía. Había nacido en Kent. Era profesor de inglés. Tenía antecedentes y se convirtió al Islam en la cárcel, adoctrinado por un grupo de presos extremistas. “Religioso”, “amable”, “taciturno” y “corpulento”, el Estado islámico prefirió llamarlo “soldado del califato”.

Plantear una reflexión sobre estos acontecimientos en un contexto de plena efervescencia de noticias no es tarea sencilla. Mezclándose con la vorágine informativa, se han multiplicado las informaciones falsas que convierten el dolor en espectáculo, alimentan la espiral de la violencia y nos alejan de la realidad.

Ofrecen una salida y una justificación a nuestro dolor, nuestra indignación y la necesidad de reparación. Apuntalan explicaciones simples y cerradas ante hechos complejos. El prejuicio solidifica nuestra visión del mundo. Construye preguntas con respuestas que a menudo no necesitan ser ciertas. Pero es eficaz. Han surgido varios ejemplos que nos muestran cómo retroalimentar el prejuicio o, por el contrario, como luchar contra él.

En el primer caso, encontramos la difusión en redes sociales un vídeo sobre una supuesta agresión de un musulmán a un médico en el centro de salud. El comentario subrayaba; “musulmán dando las gracias por su acogida en Europa en un centro de salud español (…) nos van a comer con patatas”. En realidad, los hechos ocurrían en Rusia y por un hombre ebrio. La naturaleza de este acto es doblemente inmoral. No sólo por faltar a la verdad. Sino por atizar el dolor generado tras los atentados con el miedo a una “invasión” islámica, provocando alarma social y alimentar la espiral de odio.

El segundo caso viene representado por dos noticias.  El caso de Heraa Hashmi, joven estudiante musulmana de origen estadounidense en la Universidad de Colorado, que afrontó el reto de desmontar el argumento “todos los musulmanes no son terroristas, pero no luchan eficientemente contra el terrorismo, luego están de acuerdo”. Su clase de historia sobre las Cruzadas, se había convertido en pocos minutos en un juicio directo hacia ella y los musulmanes.

La joven decidió romper el círculo del prejuicio y la violencia en el ámbito que a ella le competía hacerloElaboró una lista de más de 700 páginas de Google donde se recogían denuncias de musulmanes condenando el terrorismo desde el 11-S. Este mensaje fue compartido 15.000 veces. Añadió que nunca entendió que organizaciones violentas que dicen defender el cristianismo en Estados Unidos (KKK, Westboro Baptisst Church o Lord’s Resistance Army) representaran a la Cristiandad. Fruto de este esfuerzo nació la web muslimscondemn.com

Pocos días después del atentado, la imagen de decenas de mujeres musulmanas, formaban una cadena alrededor del puente de Westminster para recordar a las víctimas del atentado del 22-M. Mujeres fotografiadas, ataviadas muchas con hijab, que se sienten parte de la sociedad en que viven.

Los gestos, individuales o públicos, por sí mismos no son soluciones. Pero son signos que nos advierten de que no debemos escudarnos en argumentos cerrados. La violencia terrorista se ha convertido en una lacra internacional difícil de atajar. Un problema geopolítico estructural, con profundas raíces económicas y delictivas.

No se lucha contra un grupo religioso, “sin civilizar”, anclado en el medievo. No. Se lucha contra la imposición del terror, las mafias organizadas (droga, prostitución, armas) y el ciberterrorismo. Grupos de poder que utilizan la identidad religiosa como el más poderoso ingrediente identitario que se posee para movilizar al ser humano.   

En Aleteia Islam somos conscientes de algo: “Llevamos este tesoro en vasijas de barro (…) acosados por todas partes, pero no angustiados; desorientados, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados” (Cor 2, 4-7). Pero este nuevo episodio de terrorismo en el seno de una sociedad multicultural, occidental y democrática no nos hará renunciar a seguir ofreciendo elementos que nos permitan superar el círculo de la tristeza. Sentimientos conectados con la inutilidad y la frustración. Que nos roban la capacidad de estar atentos a todo lo que hay en el trasfondo de los hechos. A tirar la toalla y dejarnos llevar por el círculo de la culpa y el prejuicio.

REFERENCIAS: 

EL PAÍS (ed.), “La verdad detrás del bulo sobre la agresión de un musulmán en un centro médico”, 28/03/2017: http://elpais.com/elpais/2017/03/27/hechos/1490618106_370724.html

MANDHAWI, A., “The 712-page Google doc that proves Muslims do condemn terrorism”, The Guardian, 26/03/2017: https://www.theguardian.com/world/shortcuts/2017/mar/26/muslims-condemn-terrorism-stats

MILLS, J.; “Women formed a human chain along Westminster Bridge tonight to remember the victims of the attack on March 22”, 26/03/2917, en http://metro.co.uk/2017/03/26/women-gather-on-westminster-bridge-to-condemn-abhorrent-attack-6535415/#ixzz4cgyqzLLM

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