Francisco y la Ortodoxia ¿Se conseguirá la comunión plena?

Artículo de Marcelo L. Cambronero publicado en Aleteia

http://es.aleteia.org/2016/02/12/francisco-y-la-ortodoxia-se-conseguira-la-comunion-plena/

Francisco y la Ortodoxia ¿Se conseguirá la comunión plena?

Para que el ecumenismo avance, es necesario que el pueblo abandone un odio alimentado durante siglos

 

¿Qué les parecería si el Rey o el Presidente de la República de un país cualquiera dictaminase por decreto, como si de un reputado psiquiatra se tratase, que uno de sus súbditos está loco, e incluso le pusiera un estricto tratamiento para curarle? ¿Es posible algo así? Pues parece que sí, o al menos esto es lo que hizo el zar Nicolás I cuando tuvo conocimiento de la publicación en la revista Teleskov, en 1836, de una carta del filósofo ruso Piotr Chaadaev. Cuando uno se entera de algo así le entra la curiosidad: ¿qué es lo que este hombre diría en la dichosa carta?

Chaadaev reflexionaba sobre la historia de Rusia y su difícil ubicación entre Oriente y Occidente, y a la luz de estos pensamientos proponía algo que resultaba una locura para el pueblo ruso y sus dirigentes: la conversión de Rusia al catolicismo. Era una idea que les pareció a aquellas gentes tan descabellada, inaudita, fuera de todo contexto y realidad, como las palabras que diría un exaltado que hubiese llegado a perder la cabeza.

El asunto provocó tal escándalo que el zar decidió “recomendarle” que se mantuviera el resto de su vida en su casa, reposando, y le “prescribió” dejar de escribir para siempre. También determinó que un funcionario debía acudir diariamente al domicilio de aquel hombre para comprobar que seguía a rajatabla estas indicaciones “médicas”.

Traigo a colación este hecho para que nos demos cuenta de lo que ha significado el catolicismo para la tradición ortodoxa rusa durante siglos: una herejía, un error evidente y, aunque suene duro, en tantas ocasiones el reino del anticristo. Al echar un vistazo a los relatos y leyendas rusas toparemos con un dato que nos sorprenderá, y es que detrás de un príncipe al que se tiene por traidor, o de la conspiración de algún grupo de malvados contra el legítimo zar, se señala la influencia del mundo católico, de algún obispo habitualmente alemán o polaco, o directamente del Papa.

La abundante propaganda anticatólica fue siempre bien acogida por los fieles. ¿Cómo se pueden borrar de un plumazo décadas y décadas de incomprensión, rechazo e incluso -así es el hombre y así es el pecado- de odio? No es sencillo. Hay que recorrer con cuidado el que será un largo camino, en el que son importantes pero no bastarán las declaraciones y los acuerdos, porque es el pueblo el que al final debe estar dispuesto al abrazo fraterno.

A las pruebas me remito. En el Segundo Concilio de Lyon (1274) y en el Concilio de Ferrara-Florencia (1439) ya se alcanzaron acuerdos firmes que intentaban solucionar las dificultades teológicas que parecían impedir la comunión plena entre ambas confesiones. Estos acuerdos, que habían sido aprobados por las autoridades correspondientes, chocaron después con los prejuicios de los sacerdotes, monjes y laicos, que eran demasiado fuertes como para aceptar algo así. Además, los cambiantes intereses políticos de Emperadores y reyezuelos no ayudaron en absoluto a que los esfuerzos cuajaran.

Encontramos todavía hoy una falta de armonía en la interpretación teológica de algunos temas: la correcta formulación del Credo, la primacía del Papa, la ordenación sacerdotal de casados -y nunca que un presbítero ya ordenado se case, que no es lo mismo-, etc. Sin embargo, no son obstáculos insalvables. Lo que sucedió en Lyon o en Florencia se puede repetir y nadie duda de que todas las partes buscan ser fieles a Cristo de todo corazón.

Los prejuicios de los que hablé antes tienen relación con intereses políticos, como dijimos, y también con una cierta distancia cultural. El cisma ortodoxo data del año 1054 y fue precedido por numerosos desencuentros en los que latían siempre las dos mismas circunstancias: por un lado la separación efectiva entre los pueblos por la sencilla razón de que no se entendían. Unos hablaban latín y otros griego. En segundo lugar la parte oriental del Imperio romano había sobrevivido a las invasiones de los bárbaros y se levantaba como un poder alternativo al Imperio Romano-Germánico de entonces, y no quería ningún pacto que se interpretara como sumisión a Roma.

Eso fue hace mucho tiempo. En la actualidad la distancia cultural todavía existe, pero es cada vez menor. Grecia, Bulgaria, Rumanía y Chipre son naciones de mayoría ortodoxa que pertenecen a la Unión Europea, en la que también están otros países que cuentan con una importante comunidad de esta confesión, como es el caso de Estonia, Letonia y Lituania. También existen grupos ortodoxos significativos en lugares como Alemania, Argentina, Canadá, Estados Unidos, Chile, Gran Bretaña, etc…

Sin embargo, se han sumado nuevos desafíos. La OTAN y el gobierno de Vladimir Putin mantienen grandes desacuerdos en muchos frentes: la guerra civil -ya mundial- de Siria, el despliegue de un sistema antimisiles norteamericano en Corea del Sur, la división de Ucrania…, y esto provoca recelos entre los pueblos, a lo que debemos sumar que los fieles ortodoxos están acostumbrados a conectar los problemas políticos y religiosos mucho más de lo que sucede en nuestras democracias secularizadas.

En este contexto el Papa Francisco y el Patriarca de Moscú Kirill conversarán directamente en Cuba por primera vez en la historia. Fíjense en este dato que da buena cuenta de lo significativo del acontecimiento: nunca, desde que existe el Patriarcado de Moscú (1589) ha habido un encuentro de estas características.

Las cosas están cambiando. El diálogo entre teólogos rusos (y, en general, ortodoxos) y católicos, y entre intelectuales y académicos de ambos lados que firman convenios que implican a sus instituciones, como universidades, centros de estudios, fundaciones, etc., se han multiplicado. He tenido la oportunidad de asistir personalmente a varios de estos encuentros, y de seguir de cerca otros, y he visto con mis propios ojos cómo el deseo de comunión total crece con gran fuerza.

No será, a pesar de todo, fácil. La propia Ortodoxia tiene en su seno importantes conflictos que actúan como cuñas que separan a las gentes. Tal vez el más importante sea el que se da entre el Patriarca de Constantinopla y el de Moscú sobre la extensión de la autoridad del primero (que se considera “Patriarca Ecuménico”, es decir, “de la casa común”, pero cuya influencia no siempre es bien vista en otras comunidades ortodoxas), sin olvidar el cisma interno que viven los ortodoxos ucranianos desde que se creó el Patriarcado de Kiev al margen del de Moscú, lo que provocó una fuerte división, así como otros asuntos quizás menores pero que también tienen su peso.

Si añadimos a esto la gran independencia que siempre han manifestado las Iglesias ortodoxas particulares en cada estado, es imposible asegurar que los pasos que se den junto al Patriarca de Moscú vayan a tener una repercusión positiva en otros sitios. Eso sí, nadie permanecerá indiferente, porque a día de hoy más de la mitad de los fieles ortodoxos del mundo se sitúan bajo la autoridad de Kirill.

Hay que superar los malentendidos, perdonar el daño mutuo y dejar al margen cuestiones de índole político que provocan interferencias en las conversaciones pero que deberían ser ajenas a las mismas.

La Iglesia es una, uno solo es el bautismo y uno solo el Señor. La comunión plena se dará cuando nos esmeremos en caminar juntos, en conocernos mejor y en sentir nuestra real unidad en la Comunión de los Santos. Llegará un día en el que los matices que en ocasiones nos han separado nos parecerán ridículos, y nos provocará rubor que algo tan minúsculo afectara a nuestra respuesta al clamor de Cristo: “Que sean uno”.

 

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