El trabajo, revelación del corazón

Artículo de Marcelo L. Cambronero publicado en El Observador de la Actualidad

https://issuu.com/elobservadorenlinea/docs/1072/9?e=1320987/32960425

EL TRABAJO, REVELACION DEL CORAZON
-----Tendemos a pensar que conocer a alguien significa saber qué piensa sobre determinados asuntos, generalmente los que nos interesan a nosotros. Así, por ejemplo, de la política, de la economía, de ciertos temas morales o del sentido último de la vida. No cabe duda de que esto es importante, pero no es aquí donde se muestra nuestro corazón. Lo realmente decisivo es lo que hacemos, en qué nos implicamos, porque es al actuar cuando se hace evidente lo que más nos importa y lo que mueve nuestra vida.
-----Y no me refiero sólo al tiempo libre, en el que decidimos lo que queremos hacer, sino a cualquier circunstancia en la que, con la realidad apretándonos por aquí o por allá, tenemos que elegir cómo vamos a afrontar las cosas y qué tipo de actitud vamos a tomar con el que nos cae bien y nos ayuda, y también con el que nos perjudica o parece querer convertirse en nuestro enemigo.
-----El trabajo es un lugar privilegiado para el desarrollo del hombre, porque pone sus habilidades al servicio de la sociedad y del bien común. Trabajar, nos ha recordado el Papa Francisco al dirigirse en Roma a los miembros del Movimiento Cristiano de Trabajadores, no es una desgracia que tenemos que arrastrar, sino una llamada de Dios que dirigió en primer lugar a Adán y, con él, a todos los seres humanos. También es verdad que hay muchas maneras de trabajar, es decir, de implicarse con el bien del mundo: cuidar del hogar, de los ancianos o de los enfermos es también trabajo, aunque no se reciba remuneración directa.
-----Lo que nos pide el Papa es que no caigamos en la trampa de concebirnos como cristianos sólo los domingos y fiestas de guardar, que mostremos lo que llena nuestro corazón allí donde nos encontremos, y también al desempeñar nuestros empleos: dar “testimonio de gratuidad, solidaridad y espíritu de servicio, como verdaderos discípulos de Cristo en los lugares donde viven y trabajan”. Es el núcleo de la regla de San Benito: “no anteponer nada al Amor de Dios
 
 
 
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